Nueva versión del “Delirio sobre el Chimborazo”

Artículo de Don Armando Martínez publicano en la octava entrega de la Revista de Santander.

Mi delirio sobre el Chimborazo. Simón Bolívar

Durante la primera semana de julio de 1822 el Libertador de la Nueva Granada y Venezuela contempló, desde Riobamba, el elevado volcán nevado llamado El Chimborazo. Decidió llegar en su caballo hasta sus laderas y luego ascender todo lo que pudo hacia la cumbre. La impresión que le produjo la magnificencia del paisaje motivó la escritura de un pequeño texto en prosa que desde entonces se conoce con el título de Mi delirio sobre el Chimborazo. No se conoce hasta hoy el texto de su puño y letra, pero sí una copia fechada en Loja el 13 de octubre de 1822, conservada en Quito por los descendientes del coronel Vicente Aguirre, según la noticia dada por Vicente Lecuna en su Breviario de ideas bolivarianas, publicado en Caracas durante el año 1970. Efectivamente, el Libertador  entró a la ciudad de Loja el 10 de octubre de 1822, donde fue objeto de un caluroso recibimiento. Allí permaneció, en su Cuartel General, hasta el 21 de octubre, cuando marchó hacia Cuenca por el camino de La Juntas, Saragusto, Oña, Nabon y Cumbe. Durante los once días que allí estuvo algún escribano de su Secretaría debió copiar el texto que hoy se custodia en Quito con la data de Loja y 13 de octubre de 1822.

Lo que no se sabía es que una segunda copia de esta versión fue realizada por el escribano Mateo de Belmonte, natural de Oruro (Audiencia de Charcas), quien acompañó al Libertador como oficial escribiente de su Secretaría entre agosto de 1825 y marzo de 1828. Desde que el general Bolívar entró al actual territorio de Bolivia por Copacabana y el lago Titicaca, el 14 de agosto de 1825, Belmonte se convirtió en su fiel escribano. Dos cartas dirigidas por Bolívar al mariscal Sucre, escritas en la Quinta de Bogotá el 1º y el 13 de marzo de 1828, así lo prueban. En la primera dice lo siguiente: “El joven Belmonte, que me ha acompañado desde que conocí a Bolivia, regresa a cuidar a su anciano padre y a servir a su patria. Es, pues, un deber mío recomendarlo a la especial protección de Vd. pudiendo asegurarle que no tengo contra él queja ninguna. Él mismo le informará del destino que desee servir y que Vd. le confiará en conformidad de sus aptitudes”. Y en la postdata de la segunda insistió: “Belmonte vuelve a su país y merece toda la bondad de Vd. y la mía: se lo recomiendo de nuevo”. Pues durante el tiempo en que trabajó en la Secretaría del Libertador debió el joven Belmonte escribir esta segunda copia del texto de Loja, la cual llevó consigo a su patria y a su muerte legó a su hija Felicidad Belmonte. Por los caminos del azar llegó esta segunda copia manuscrita a las manos del director de esta revista, quien la publica aquí para remediar las alteraciones del texto original en las versiones anteriormente publicadas. La primera impresión conocida del Delirio sobre el Chimborazo no tiene fecha pero salió de la imprenta caraqueña del periódico El Venezolano, y fue incluida por Gerardo Rivas Moreno en el tomo IV de las Obras completas de Simón Bolívar (Bucaramanga, Sic, 2008). Con algunas diferencias de texto fue incluido por Francisco Javier Yanes y Cristóbal Mendoza en el tomo XXII de su Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador (Caracas, 1833). Dado que todas las copias impresas difieren del texto de Loja, se justifica esta nueva edición.

Como algunas voces han puesto en duda la autoría del Libertador, dejemos que sea él mismo quien la confirme en una carta que remitió a su maestro Simón Rodríguez desde Pativilca, el 19 de enero de 1824: “Venga usted al Chimborazo; profane usted con su planta atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena inexpugnable del Universo nuevo. Desde tan alto tenderá usted la vista; y al observar el cielo y la tierra, admirando el pasmo de la creación terrena, podrá decir: dos eternidades me contemplan; la pasada y la que viene; y este trono de la naturaleza, idéntico a su autor, será tan duradero, indestructible y eterno como el padre del Universo”.

Yo venía envuelto con el manto de Yris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas y quise subir a la atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt; seguilas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial; el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que puso la mano de la eternidad en las sienes ecselsas del dominador de los Andes. Yo me dije este manto de Yris que me ha servido de estandarte ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales; ha surcado los mares dulces; ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por los rastros de Yris, ¿y yo no podré trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? Sí podré, y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, pasé sobre los pies de Humboldt empañando aún los cristales eternos que circuyen al Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento y con mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embarga toda mi mente; me siento como encendido de un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.

De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado de los despojos de las edades, ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano. Yo soy el padre de los siglos, me dice; soy el arcano de la fama y del secreto; mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado; miro lo futuro y por mi mano pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees acaso que el Universo es algo? ¿Que montar sobre la cabeza de un alfiler es subir? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a los sucesos? ¿Pensáis que habéis visto la justa verdad? ¡Imagináis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos! Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano.

Sobrecogido de un sagrado terror, ¿cómo, ¡oh Tiempo! respondí no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? Yo he pasado todos los hombres en fortuna porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino el Universo con mis plantas; toco al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando de una guiñada los rutilantes astros; los soles infinitos; he visto sin asombro el espacio que encierra la materia y en tu rostro leo la historia de lo pasado y los libros del Destino. Observa, me dijo, aprende; conserva en tu mente lo que has visto;
dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado; di la verdad a los hombres… La fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé ecsánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. Al fin la tremenda voz de Colombia me grita; resucito; me siento; abro con mis propias manos mis pesados párpados; vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio.

Bolívar

[otra clase de letra] En Loja, a 13 de octubre de 1822.

Mi delirio sobre el Chimborazo

[otra clase de letra] Este original ha sido proporcionado por la señora Felicidad Belmonte, hija del secretario del libertador Mateo de Belmonte.

 

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Acerca de angelalmarza

Historiador caraqueño. @angelalmarza
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